martes, 3 de noviembre de 2026

Del siglo XVI a hoy: por qué cuesta tanto leer un documento antiguo

Lista Pasajeros 1513 San Juan Puerto Rico
Quien investiga en archivos parroquiales y notariales termina enfrentándose al mismo obstáculo: el documento está delante, el escribano lo escribió en español, y aun así no se puede leer. Después de más de veinticinco años consultando archivos, sé que ese momento no desaparece con la práctica. Se vuelve más llevadero, pero cada documento nuevo trae su propio reto.

¿Qué son la paleografía y la diplomática?

La paleografía estudia la escritura antigua: cómo se formaban las letras, qué abreviaturas se usaban y cómo leer y fechar un texto manuscrito. La diplomática estudia el documento como pieza: su estructura, sus fórmulas, quién lo emitió, para qué y de qué tipo es (un testamento, un poder, una venta, una partida de bautismo). La primera nos ayuda a leer lo que dice; la segunda, a entender qué estamos leyendo y por qué está redactado así.

Por qué cuesta tanto leer un texto del siglo XVI

  • La letra. Los escribanos usaban tipos de letra que cambiaron con el tiempo (cortesana, procesal, encadenada, entre otras), y cada mano tenía sus particularidades. Las letras se enlazan, y algunas, como la «s» larga, se parecen a otras de hoy.
  • Las abreviaturas. El papel era caro y el tiempo, limitado. Así que «que» se convierte en una «q», «dicho» en «dho», y nombres como Cristóbal se escribían con la letra griega X (Xtobal). 
  • La ortografía sin norma fija. La misma palabra podía escribirse de varias maneras, incluso en el mismo documento: vezino y vecino, escrivano y escribano, dixo y dijo, fijo e hijo.
  • Los espacios y la puntuación. Hay palabras pegadas (deste, dela), otras partidas, casi ningún punto, y mayúsculas que no siguen regla alguna.
  • El estado del papel. La tinta ferrogálica corroe, la humedad borra, y las polillas y los dobleces hacen el resto.
  • Las fórmulas jurídicas. Son frases largas y repetidas que hay que reconocer para no perderse.

Del texto libre a la norma


La Real Academia Española publicó su primera Ortografía en 1741, y las ediciones posteriores fueron reduciendo la variación. Su norma se fue imponiendo poco a poco, sobre todo en la enseñanza a partir del siglo XIX. Por eso un documento de 1820 se parece más al español de hoy que uno de 1580, aunque todavía guarda diferencias. Para el lector, el cambio es gradual: lo que sirve para descifrar una época no siempre sirve para otra.

Por qué escribí la aplicación


Escribí Scriptorium Antillarum para ayudar a entender esos textos. No sustituye al paleógrafo ni pretende hacerlo. Lo que hace es dar una primera lectura a quien no puede, o no tiene tiempo de, descifrar cada palabra.


Funciona en cuatro pasos:

  1. Transcripción paleográfica. Lo que la herramienta cree que dice el original, tal como está escrito, con sus abreviaturas y su ortografía.
  2. Texto normalizado. El mismo texto pasado al alfabeto del español actual.
  3. Lectura actual. El texto presentado como se leería hoy.
  4. Análisis del documento. Identifica el tipo de documento que está leyendo, por ejemplo, una partida de bautismo o un testamento.

Ejemplo

A continuación, un ejemplo que utiliza un documento de 1513 para demostrar como funciona la aplicación. Se subió la imagen de abajo y la aplicación la transcribió a lenguaje actual.


Documento de 1513 - lista pasajeros puerto rico

Normalización de texto de 1513 en lenguaje contemporáneo lista pasajeros 1513 Puerto Rico

Explicación del documento de 1513 transcrito por la aplicación

Lo que no hace


La aplicación no es perfecta. Se equivoca con las escrituras difíciles, con el papel dañado, con imágenes borrosas y con las abreviaturas que pueden significar más de una cosa. Su resultado es un punto de partida: siempre hay que cotejarlo con el original, y las palabras dudosas merecen una segunda mirada. En mi experiencia, aun con sus errores, un borrador legible ahorra mucho tiempo.


Pruébala

Scriptorium Antillarum está en transcriptionpaleography.lovable.app.


Pantalla de Scriptorium Antillarum con la transcripción, el texto normalizado y la lectura actual de un documento

















Más información sobre paleografía y diplomática:

martes, 13 de octubre de 2026

Don Francisco Nazario: un antepasado sin padres conocidos

Por César A. Zapata Lozada

Todo genealogista tiene un antepasado que se le resiste. Uno de los míos se llamaba D. Francisco Nazario. Sé cuándo murió, con quién se casó, quiénes fueron sus hijos y dónde vivió, pero después de años de búsqueda no he podido averiguar quiénes fueron sus padres. Aquí les presento lo que he encontrado, con la esperanza de que alguien tenga información que ayude a resolver esa incógnita.

Su muerte

Página del libro de defunciones de Cabo Rojo de 1838 con la partida de defunción de Francisco Nazario
Imagen creada con Gemini AI, no es la original
D. Francisco Nazario murió en Cabo Rojo el 24 de enero de 1838. Su acta de defunción lo describe como vecino del pueblo, viudo de D.ª Antonia Morales y padre de siete hijos. Recibió entierro de oficio doble, el más solemne de la época, y dejó una «simple memoria» de sus bienes (una relación de sus bienes y últimas voluntades, sin las formalidades de un testamento ante escribano).

Varios detalles indican una posición relativamente acomodada: el tratamiento de «don», la categoría de su entierro, la sepultura de su hija Victoria en el tramo primero (la sección de mayor categoría) y el hecho de que dejara bienes que declarar. El acta le atribuye unos 106 años, una edad difícil de creer, como explico más adelante.

Su familia

Francisco se casó con Antonia Morales y bautizaron varios hijos en Cabo Rojo entre 1783 y 1796.

  • María, nacida el 26 de julio de 1783. Sus padrinos fueron D. Manuel Montalvo y D.ª María del Carmen López.
  • Victoria, nacida el 11 de abril de 1785. Padrinos: Martín Morales y Lucía Morales, sus tíos por parte materna. Falleció el 6 de julio de 1812 y fue sepultada en el tramo primero.
  • Paula, nacida el 27 de junio de 1787. Padrinos Luis Montalvo y Victoria Montalvo.
  • Antonia, nacida hacia 1788. Falleció el 17 de noviembre de 1813, a los 25 años. 
  • Pedro Pablo, nacido el 1 de julio de 1789. Padrinos fueron Cristóbal Camacho y Baltazara García.
  • María de los Ángeles, bautizada el 12 de junio de 1791. Padrinos Manuel Sepúlveda y Rosa Montalvo.
  • Catalina, nacida el 15 de febrero de 1796. Padrinos D. Cayetano del Castillo y D.ª María Irizarry.
  • Romualdo, cuyo bautismo no he localizado. Se casó el 9 de febrero de 1807 con Apolinaria Luciano, hija de Manuel Luciano y María de la Cruz; fueron testigos Ramón Sepúlveda y Brígida Camacho. Murió en 1837, ocho meses antes que su padre.

Son ocho nombres, pero el acta de defunción de Francisco habla de siete hijos. Es posible que el cura contara solo a los que estaban vivos o simplemente fue un error del escribano. Es otra pregunta que queda abierta.

Yo desciendo de María de los Ángeles. El 2 de julio de 1807 se casó con Francisco Lozada Torres, hijo de Manuel Lozada, ya difunto, y de Juana Torres. Fueron testigos Hipólito Morales y María Eugenia de Rivera. Murió el 17 de mayo de 1821, «de edad como de veinte y ocho años», casada y madre de cinco hijos. Su acta dice que no testó «porque carecía de bienes de fortuna».

El acta no indica la causa de la muerte, pero hay una pista. El informe mensual de Cabo Rojo de mayo de 1821 recoge que la mayoría de las muertes de ese mes se debieron al sarampión. Es posible que María de los Ángeles fuera una de sus víctimas.

Lo que dicen los padrinos

Cuando faltan los documentos directos, los padrinos ayudan a ver el círculo social de una familia. En el caso de los hijos de Francisco, ese círculo está muy definido, y los Montalvo aparecen una y otra vez.

Los padrinos de los hijos de Francisco forman un grupo muy definido:

D. Manuel Montalvo, nacido hacia 1730, apadrinó con su esposa María del Carmen a María, la primogénita. María del Carmen López era, al parecer, hija de Juan Cayetano López de Victoria y Margarita Ramírez de Arellano. Su hija Rosa y su yerno, Manuel Sepúlveda, apadrinaron a María de los Ángeles. Otra hija, Francisca Montalvo, estuvo casada con Cristóbal Camacho, quien en segundas nupcias se casó con Baltazara García; esta pareja apadrinó a Pedro Pablo. Luis y Victoria Montalvo, padrinos de Paula, completan el cuadro.

¿Por qué una familia tan vinculada a los Montalvo? Puede ser parentesco, vecindad o una relación de patrocinio. No lo sé.

En la generación siguiente aparecen otros nombres. Juan Laureano, hijo de Romualdo y Apolinaria, nació el 10 de junio de 1809 y fue bautizado el 18 de julio. Sus padrinos fueron Hipólito Morales y María Eugenia de Rivera, la misma pareja que fue testigo de la boda de María de los Ángeles. Sospecho que Hipólito estaba emparentado con Antonia Morales, pero no he podido confirmarlo.

León Lozada, hijo de María de los Ángeles y nieto de Francisco, nació el 25 de febrero de 1817. Sus padrinos fueron Joaquín Rivera y María del Rosario Camacho. Los apellidos vuelven a apuntar a los mismos grupos: los Rivera y los Camacho.

El propio Francisco fue padrino, junto con su esposa, de Marcelina Morales Matos, sobrina de Antonia; de Patricio Rivera Matos, en 1789, y de Isidora Rivera, en 1791. El apellido Matos se repite en dos de estos ahijados, lo que sugiere otra conexión por la rama Morales. Un Francisco Nazario apadrinó también a los mellizos Juan Simón y Simón, hijos de María, esclava de D.ª Petronila Montalvo. No estoy seguro de que sea la misma persona, pero, si lo es, se trataría de otro vínculo con los Montalvo.

Lo que dicen los documentos civiles

En el Archivo General de Puerto Rico, Francisco aparece:

  • En 1820, en el barrio Los Achotes, pagando 6 reales para el salario del cura y los gastos públicos.
  • El 19 de abril de 1821, como jubilado de las Milicias Disciplinadas Urbanas, con derecho a fuero (el privilegio de ser juzgado por la jurisdicción militar).
  • En 1826, en el barrio Pedernales, contribuyendo 2 pesos y 4 maravedís para la Casa del Rey, sede del gobierno municipal.
  • En 1830, en el subsidio de Cabo Rojo, pagando 8 pesos.

Lo de Pedernales encaja. Allí estaba el puerto, y allí tenían sus tierras D. Cayetano del Castillo, padrino de Catalina, y los Camacho. Eso podría explicar también el matrimonio de María de los Ángeles con Francisco Lozada, cuyo padre parece haber sido marino.

Gastos Públicos de 1820
Gastos publicos 1820

El problema de la edad

Si D. Francisco tenía 106 años en 1838, habría nacido hacia 1732. Sus hijos, sin embargo, nacieron entre 1783 y 1796, cuando él tendría entre 51 y 64 años. No es imposible; he visto padres de esa edad. Pero casi siempre se trataba de hombres casados más de una vez, y el acta de D. Francisco menciona un solo matrimonio.

Lo más probable es que el acta exagere su edad, algo frecuente en las actas de personas muy ancianas. Si nació hacia 1755 o 1760, todo encaja mejor.

En cualquier caso, nació antes de la fundación de Cabo Rojo en 1771. Si nació en el territorio que luego sería Cabo Rojo, su bautismo debió de asentarse en San Germán, cuyos libros de bautismo de esa época no se conservan. Por eso el camino tiene que ser indirecto: matrimonios, testamentos, padrones y documentos de familias relacionadas.

Lo que busco

Hasta aquí llega lo que sé. Las pistas apuntan en tres direcciones: el círculo de los Montalvo, la familia de Antonia Morales (con sus ramas Rivera y Matos) y la zona de Pedernales. Cualquiera de ellas podría llevar a los padres de Francisco.

Si usted desciende de los Nazario, los Morales o los Montalvo de Cabo Rojo, o ha visto a un Francisco Nazario en matrimonios de San Germán, padrones antiguos o testamentos de la época, me encantaría saber de usted. Puede dejar un comentario en esta entrada o escribirme directamente.

Referencias

Abreviaturas: APSMACR = Archivo Parroquial San Miguel Arcángel de Cabo Rojo; LB = Libro de Bautismos; LM = Libro de Matrimonios; LD = Libro de Defunciones; AGPR = Archivo General de Puerto Rico.

  1. D. Francisco Nazario, defunción, 24 de enero de 1838. APSMACR, LD9, f. 343v.
  2. Romualdo Nazario, bautismo, 11 de abril de 1785. APSMACR, LB2, f. 401. 
  3. Matrimonio de Romualdo Nazario y Apolinaria Luciano, 9 de febrero de 1807. APSMACR, LM2, f. 21.
  4. Romualdo Nazario, defunción, 25 de mayo de 1837. APSMACR, LD9, f. 282.
  5. Juan Laureano Nazario Luciano, bautismo, 18 de julio de 1809. APSMACR, LB8, f. 146v.
  6. Paula Nazario, bautismo, 27 de junio de 1787. APSMACR, LB3, f. 116.
  7. Pedro Pablo Nazario, bautismo, 1 de julio de 1789. APSMACR, LB3, f. 288.
  8. María de los Ángeles Nazario, bautismo, 12 de junio de 1791. APSMACR, LB4, f. 27.
  9. Catalina Nazario, bautismo, 15 de febrero de 1796. APSMACR, LB4, f. 266.
  10. Victoria Nazario, defunción, 6 de julio de 1812. APSMACR, LD4, f. 5.
  11. Antonia Nazario, defunción. APSMACR, LD4, f. 33.
  12. Matrimonio de Francisco Lozada Torres y María de los Ángeles Nazario, 2 de julio de 1807. APSMACR, LM2, f. 28v.
  13. María de los Ángeles Nazario, defunción, [fecha]. APSMACR, LD5, f. 247.
  14. Patricio Rivera Matos, bautismo, 2 de abril de 1789. APSMACR, LB3, f. 262.
  15. Isidora Rivera, bautismo, 17 de enero de 1791. APSMACR, LB4, f. 11.
  16. Juan Simón y Simón, bautismo. APSMACR, LB3, f. 148.
  17. Reparto del salario del cura y gastos públicos, 1820; reparto para la Casa del Rey, 1826. AGPR, Fondo de Gobernadores Españoles, Caja 416.
  18. Subsidio de 1830; propietarios de 1827. AGPR, Fondo de Gobernadores Españoles, Caja 417.
  19. Milicias Disciplinadas Urbanas, 19 de abril de 1821; pliego mensual de Cabo Rojo, 31 de mayo de 1821. AGPR, Fondo de Gobernadores Españoles, Caja 418.

miércoles, 29 de julio de 2026

Dos hombres, un nombre: el enredo del "cura masón" de Mayagüez

Por César A. Zapata Lozada

Imagínate que dentro de 200 años alguien encuentra tu nombre en dos documentos distintos, en el mismo pueblo, y concluye que ambos hablan de ti — sin darse cuenta de que en realidad eran dos personas completamente distintas que solo compartían nombre y apellido. Eso es exactamente lo que le pasó, creemos, al padre don Ramón Durán y Aponte, presbítero natural de Mayagüez del siglo XIX.

Quién fue realmente el padre Ramón Durán

Antes de hablar del enredo, vale la pena conocer a este hombre, porque su vida es interesante por derecho propio.

Don Ramón Abad Durán y Aponte nació en Mayagüez el 31 de agosto de 1813. Era hijo de don Fernando Ignacio Durán, natural de la provincia de Guipúzcoa en el señorío de Vizcaya, España, y de doña Cayetana Aponte, y sus padrinos fueron don Antonio Roselló y doña María de los Dolores Durán (su hermana). Sus padres se habían casado el 4 de diciembre de 1783 en Mayagüez, y Ramón fue uno de varios hermanos, a saber: Lucas, Francisco, María de los Dolores y Ángela, todos con el "don" y "doña" que marcaban a las familias de cierto estatus social en la época.

Don Ramón estudió latín, filosofía y teología moral de forma privada, en Mayagüez y Aguadilla. Así se formaban muchos aspirantes al sacerdocio en pueblos sin seminario propio. El 26 de noviembre de 1837 recibió la ordenación sacerdotal en La Habana y fue asignado a la sacristía presbiterial de Cabo Rojo.

Firma del Presbitero don Ramon Duran
Firma del Presbítero don Ramón Durán

De ahí en adelante, su carrera fue típica del clero de la época, ascendiendo de rango y responsabilidades a lo largo de ella.

  • 1837-1841: Sacristán prebisterial en Cabo Rojo.
  • 1841-1843: Coadjutor en la parroquia de Mayagüez.
  • 1843-1844: Cura párroco de Sabana Grande, cargo al que renunció por problemas de salud.
  • 1844-1849: Al renunciar en Sabana Grande, obtuvo una plaza de maestro de instrucción primaria en la escuela pública de Mayagüez.
  • 1849-1850: Asignado como cura regente de Aguadilla.
  • 1850-1852: Coadjutor y luego cura regente en San Sebastián.
  • 1858-1868: Párroco de San Francisco de Asís, en San Juan.
  • 1868-1869: Racionero de la Catedral de San Juan.
  • 1869: Nombrado comisario de los Santos Lugares.

En 1876, a los 64 años y tras 40 años de servicio, solicitó su jubilación. El expediente que presentó describe un padecimiento pulmonar certificado por dos facultativos (médicos), tan severo que ya no "podía levantar las cargas de su prebenda". Padeció de esta enfermedad pulmonar por lo menos desde la década de 1840. Basado en la descripción de la enfermedad por los facultativos, es posible que fuera EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Pidió licencia de seis meses para tratarse en España, pero no sabemos si llegó a viajar a España para tratar su condición. 

Aparece en el Boletín Episcopal de Puerto Rico de enero de 1879 como presbítero en Mayagüez. Los documentos oficiales lo describen como un sacerdote "de buena vida y costumbres, que ayudaba a los pobres de su comunidad".

Decreto de jubilación de don Ramón Durán (1877)

Entonces, ¿de dónde sale lo del masón?

En un artículo de 2014 de la publicación Lumen: Revista Oficial Respetable Logia de Investigación José G. Bloise, el artículo titulado “Los Betances: familia de masones" identifica a este mismo padre Durán como miembro activo de la masonería en Mayagüez. El artículo cita una lista de miembros conocidos de la logia La Restauración de la Verdad, entre 1821 y 1841, donde aparece un "Ramón Durán", natural de Puerto Rico y "profesor público", que en 1836 tenía el tercer grado masónico, subió al cuarto grado en 1837-1838, y llegó a ser Orador de la logia en 1837.

Nombre igual. Pueblo igual. Y hasta una ocupación parecida, ya que ambos fueron maestros en algún momento. A primera vista, parece la misma persona.

Por qué creemos que son dos personas distintas

Cuando se ponen las dos cronologías lado a lado, las fechas no coinciden. Justo en 1836-1838, cuando el "Ramón Durán masón" sube de grado y se convierte en Orador de logia, el padre Durán estaba estudiando para el sacerdocio. En noviembre de 1837 fue ordenado y asignado a servir en Cabo Rojo, no en Mayagüez. Nos parece que ser Orador en la logia exigía asistencia regular a las reuniones, algo que entendemos debió ser muy difícil para un presbítero recién ordenado y asignado a otro pueblo. Además, don Ramón fue ordenado en la ciudad de La Habana, lo que requirió que don Ramón estuviera fuera de Puerto Rico por un tiempo.

En cuanto a la profesión de profesor, tampoco coincide en el tiempo. El Ramón Durán de la logia es "profesor público" dentro del período de 1821 a 1841. Pero el padre Durán no ejerce como profesor hasta 1844-1849, es decir, después de que termina el rango de años que cubre la lista masónica. La única coincidencia ocupacional que tienen nunca se da al mismo tiempo. 

Otro factor es que el riesgo para el presbítero don Ramón era enorme. Ser masón mientras estudiaba para ser presbítero hubiese sido una falta grave que impediría su ordenación como sacerdote. No descartamos que hubiese sido posible para un sacerdote ocultar su participación en la logia masónica, pero debió ser algo muy difícil ya que un sacerdote estaba bajo el ojo público y el de la iglesia constantemente, haciendo muy difícil ocultarlo. 

También sabemos que en Mayagüez había más familias de apellido Durán para esa época. Como por ejemplo, la pareja de Juan Bautista Noé Durán Valentín y Catalina del Castillo, o la de Andrés Durán y  Margarita Aponte (quienes eran de Añasco, pero algunos de sus hijos aparecen en Mayagüez), cuyos posibles descendientes también podrían llamarse Ramón. 

Como nota aparte, en el artículo de Los Betances: familia de masones, hay un error de paleografía, transcripción e interpretación del documento original del expediente de don Ramón Durán, encontrado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. El artículo menciona que don Ramón "solicitó su jubilación debido a su delicado estado de salud que no le permitía llevar a cabo funciones básicas como levantar cajas". Al ir al documento original y volver a leer el expediente, comprobamos que el texto del expediente dice: "… que no puede levantar las cargas de su prebenda…" Como vemos, no dice que no podía levantar cajas, sino que utiliza la expresión "de levantar las cargas de su prebenda" para comunicar que no podía llevar a cabo las funciones requeridas por su prebenda en la Catedral. 

La lección a aprender

Este tipo de caso se repite constantemente en la genealogía puertorriqueña. El mismo nombre, el mismo pueblo y el mismo periodo: una coincidencia que hace crear inferencias que pueden ser erróneas. La única defensa real es reconstruir la cronología completa de cada individuo y verificar, fecha por fecha, si de verdad pudieron ser la misma persona — antes de aceptar la conclusión más fácil.

No se trata solo de "aclarar un dato" en un artículo. Se trata de proteger la memoria real de una persona. El padre don Ramón Durán y Aponte dejó un rastro documental propio, verificable y coherente: cuarenta años de servicio, cinco parroquias distintas, maestro de instrucción primaria y el reconocimiento de sus superiores como sacerdote distinguido de buenas costumbres que le mereció ser cura regente y una ración en la Catedral de San Juan. Esa es su historia, respaldada por su propio expediente de jubilación redactado por la Iglesia. Atribuirle además una carrera masónica que lo más seguro es que le perteneció a otro hombre no es un detalle menor; es reescribir su biografía con hechos ajenos y, de paso, borrar o ensombrecer al verdadero Ramón Durán, masón, quien también merece que su historia se cuente correctamente y no se pierda fundida dentro de la de un sacerdote.

Este es el valor real de este ejercicio. No recalcar un error. Es un recordatorio de que cada nombre en un registro representa a una persona específica, con su propia cronología, sus propios documentos y su propio derecho a que su historia se cuente con precisión. Cuando dos vidas se funden en una por inferencias erróneas, ambas personas salen perdiendo, y el error sigue propagándose. 

Por eso, cada vez que la genealogía o la microhistoria tropiece con una coincidencia de nombres demasiado conveniente, vale la pena hacer la pausa para reconstruir la cronología completa, buscar el expediente original y preguntarse si la respuesta fácil es también la correcta. 

Bibliografía

  • Archivo Histórico Nacional de Madrid. Ultramar, Legajo 2062, Exp. 8. Expediente del padre Ramón Durán, racionero de la catedral. Consultado en PARES el 4 de julio de 2026.
  • Archivo Parroquial Nuestra Señora de la Candelaria de Mayagüez:
    • Libro noveno de bautismos (1810-1813). 
    • Libro tercero de matrimonios.
    • Libro décimo sexto de defunciones. 
  • Ayala, José Antonio. La masonería de la obediencia española en Puerto Rico siglo XIX. Universidad de Murcia, 1991.
  • Boletín Episcopal de Puerto Rico. Primero de enero de 1879, página 7. Queremos agradecer al vicario don Edwin Lugo Silva por proveer información contenida en este boletín de don Ramón Durán. 
  • Santiago Ramos, Luis E. "Los Betances: familia de masones", Lumen: Revista Logia de investigación, Edición #1 (2014): 44-64.

miércoles, 24 de junio de 2026

El peligro de las inferencias en la investigación genealógica e histórica.

Por César A. Zapata Lozada

En la investigación histórica y genealógica, siempre existe la tentación de "llenar los espacios en blanco". Cuando nos enfrentamos a archivos fragmentados, lagunas cronológicas o documentos de difícil acceso, tenemos el impulso de completar lo que falta. Es ahí donde nace la inferencia inadecuada: la deducción de un hecho que no está explícitamente documentado, pero que nos parece obvio o altamente probable.

Sin embargo, en nuestra disciplina, la inferencia desmedida es uno de los mayores peligros para el rigor investigativo. Lo que hoy parece una deducción sólida, mañana puede desmoronarse ante el hallazgo de un nuevo documento. Aceptar una inferencia como una verdad absoluta y/o copiar datos de otros árboles genealógicos sin fuentes documentales que sostengan la información debilita la credibilidad de cualquier investigación.

A partir de dos de mis experiencias investigativas en los archivos de la Parroquia San Miguel Arcángel de Cabo Rojo, podemos identificar dos errores comunes de la inferencia inadecuada y, lo más importante, cómo evitarlos.

Error 1: La ilusión de la homonimia (El caso de Dionisio Lozada)

Un error frecuente ocurre cuando encontramos un nombre, una fecha y un lugar que encajan perfectamente con el perfil que buscamos, y asumimos de inmediato que se trata de la misma persona.

El error por inferencia: Al investigar a las familias Lozada, se concluyó inicialmente que un Dionisio nacido en 1817 era una persona que se casó en 1843 y falleció poco después. La cronología y el lugar encajaban perfectamente.

La realidad: El hallazgo posterior de una partida de matrimonio demostró que el Dionisio que se casó en 1843 era hijo de otros padres que los del nacido en 1817. Eran dos personas diferentes que compartían nombre, época y espacio geográfico.

Error 2: Enmendar la ortografía de la fuente (El caso de Figueroa vs. Figueras)

Ocurre cuando el investigador asume que el escribano eclesiástico o civil cometió un error ortográfico en el documento, solo porque el dato registrado no coincide con lo común en la región.

Escritura de documento que dice Figueras

El error por inferencia:
Al transcribir el Libro Décimo de Bautismos de Cabo Rojo, se asumió que el apellido "Figueras" anotado por el párroco era una equivocación ortográfica y que el apellido real debía ser "Figueroa", un apellido más común.

La realidad: Al expandir la búsqueda hacia líneas colaterales y otros fondos documentales, se constató que el párroco estaba en lo correcto: el apellido legítimo de esa rama familiar era, en efecto, Figueras. La inferencia nos llevó a "corregir" una fuente primaria que no requería corrección. Gracias a la genealogista Dra. Nydia Rodríguez Hanna, pudimos corroborar que la inferencia del apellido Figueroa era un error. 

Ver blog de la Dra. Nydia Rodríguez Hanna - Figueras vs. Figueroa in Cabo Rojo.

Cómo mejorar las inferencias: Reglas de oro para el investigador

Para proteger la rigurosidad de nuestras investigaciones, árbol genealógico y publicaciones, debemos adoptar metodologías estrictas, como el Genealogical Proof Standard (GPS):

Exigir siempre un "documento conector": Nunca se debe fusionar la identidad de dos personas basándose únicamente en la coincidencia del nombre y el año. Es obligatorio buscar un documento conector, una partida de matrimonio que mencione a los padres, un testamento, un acta de defunción u otro documento que nos ayude a establecer una hipótesis sólida. Si no existe un documento conector, debe hacer una nota al respecto y explicitamente explicar que es una hipótesis sin corroborar y explicar que lo lleva a establecer la hipótesis. 

Respetar la literalidad de la fuente hasta que se demuestre lo contrario: El documento original tiene la presunción de verdad. Si un apellido o nombre suena extraño, no debemos cambiarlo en nuestras notas bajo la suposición de un "error del escribano". Cualquier hipótesis de error debe quedar anotada como tal, hasta que otras fuentes documentales la confirmen o la desmientan con certeza.

Para más información, ver Fe de Errata del blog Genealogías e Historia del Suroeste de Puerto Rico.

Conclusión

Es válido hacer inferencias en la investigación para abrir nuevas rutas de búsqueda, pero es un error publicarlas como certezas. Si el vínculo familiar no está plenamente probado por un documento, debe hacer una nota de prudencia, como por ejemplo: "es probable que", "los datos sugieren la hipótesis de que" o "resta por confirmar si".

La investigación genealógica e histórica no consiste en armar un rompecabezas a la fuerza para que las piezas encajen donde queremos. Consiste en aceptar los vacíos del pasado con honestidad investigativa. Admitir que no sabemos el destino de un ancestro o el origen de un apellido es mucho más valioso y científico que inventar una conexión basada en la intuición o copia de un dato sin fuentes documentales. Al final del día, el valor de nuestra historia familiar no se mide por el tamaño de nuestro árbol, ni por las "hazañas" o "linaje noble" encontrados sin fuentes documentales, sino por las historias reales y por la solidez y credibilidad de cada uno de nuestros hallazgos. Hay que recordar que la genealogía sin fuentes es mitología.