En la investigación histórica y genealógica, siempre existe la tentación de "llenar los espacios en blanco". Cuando nos enfrentamos a archivos fragmentados, lagunas cronológicas o documentos de difícil acceso, tenemos el impulso de completar lo que falta. Es ahí donde nace la inferencia inadecuada: la deducción de un hecho que no está explícitamente documentado, pero que nos parece obvio o altamente probable.
Sin embargo, en nuestra disciplina, la inferencia desmedida es uno de los mayores peligros para el rigor investigativo. Lo que hoy parece una deducción sólida, mañana puede desmoronarse ante el hallazgo de un nuevo documento. Aceptar una inferencia como una verdad absoluta y/o copiar datos de otros árboles genealógicos sin fuentes documentales que sostengan la información debilita la credibilidad de cualquier investigación.
A partir de dos de mis experiencias investigativas en los archivos de la Parroquia San Miguel Arcángel de Cabo Rojo, podemos identificar dos errores comunes de la inferencia inadecuada y, lo más importante, cómo evitarlos.
Error 1: La ilusión de la homonimia (El caso de Dionisio Lozada)
Un error frecuente ocurre cuando encontramos un nombre, una fecha y un lugar que encajan perfectamente con el perfil que buscamos, y asumimos de inmediato que se trata de la misma persona.
El error por inferencia: Al investigar a las familias Lozada, se concluyó inicialmente que un Dionisio nacido en 1817 era una persona que se casó en 1843 y falleció poco después. La cronología y el lugar encajaban perfectamente.
La realidad: El hallazgo posterior de una partida de matrimonio demostró que el Dionisio que se casó en 1843 era hijo de otros padres que los del nacido en 1817. Eran dos personas diferentes que compartían nombre, época y espacio geográfico.
Error 2: Enmendar la ortografía de la fuente (El caso de Figueroa vs. Figueras)
Ocurre cuando el investigador asume que el escribano eclesiástico o civil cometió un error ortográfico en el documento, solo porque el dato registrado no coincide con lo común en la región.
El error por inferencia: Al transcribir el Libro Décimo de Bautismos de Cabo Rojo, se asumió que el apellido "Figueras" anotado por el párroco era una equivocación ortográfica y que el apellido real debía ser "Figueroa", un apellido más común.
La realidad: Al expandir la búsqueda hacia líneas colaterales y otros fondos documentales, se constató que el párroco estaba en lo correcto: el apellido legítimo de esa rama familiar era, en efecto, Figueras. La inferencia nos llevó a "corregir" una fuente primaria que no requería corrección. Gracias a la genealogista Dra. Nydia Rodríguez Hanna, pudimos corroborar que la inferencia del apellido Figueroa era un error.
Ver blog de la Dra. Nydia Rodríguez Hanna - Figueras vs. Figueroa in Cabo Rojo.
Cómo mejorar las inferencias: Reglas de oro para el investigador
Para proteger la rigurosidad de nuestras investigaciones, árbol genealógico y publicaciones, debemos adoptar metodologías estrictas, como el Genealogical Proof Standard (GPS):
Exigir siempre un "documento conector": Nunca se debe fusionar la identidad de dos personas basándose únicamente en la coincidencia del nombre y el año. Es obligatorio buscar un documento conector, una partida de matrimonio que mencione a los padres, un testamento, un acta de defunción u otro documento que nos ayude a establecer una hipótesis sólida. Si no existe un documento conector, debe hacer una nota al respecto y explicitamente explicar que es una hipótesis sin corroborar y explicar que lo lleva a establecer la hipótesis.
Respetar la literalidad de la fuente hasta que se demuestre lo contrario: El documento original tiene la presunción de verdad. Si un apellido o nombre suena extraño, no debemos cambiarlo en nuestras notas bajo la suposición de un "error del escribano". Cualquier hipótesis de error debe quedar anotada como tal, hasta que otras fuentes documentales la confirmen o la desmientan con certeza.
Para más información, ver Fe de Errata del blog Genealogías e Historia del Suroeste de Puerto Rico.
Conclusión
Es válido hacer inferencias en la investigación para abrir nuevas rutas de búsqueda, pero es un error publicarlas como certezas. Si el vínculo familiar no está plenamente probado por un documento, debe hacer una nota de prudencia, como por ejemplo: "es probable que", "los datos sugieren la hipótesis de que" o "resta por confirmar si".
La investigación genealógica e histórica no consiste en armar un rompecabezas a la fuerza para que las piezas encajen donde queremos. Consiste en aceptar los vacíos del pasado con honestidad investigativa. Admitir que no sabemos el destino de un ancestro o el origen de un apellido es mucho más valioso y científico que inventar una conexión basada en la intuición o copia de un dato sin fuentes documentales. Al final del día, el valor de nuestra historia familiar no se mide por el tamaño de nuestro árbol, ni por las "hazañas" o "linaje noble" encontrados sin fuentes documentales, sino por las historias reales y por la solidez y credibilidad de cada uno de nuestros hallazgos. Hay que recordar que la genealogía sin fuentes es mitología.

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